LA MEJICANA... por Emilio Way

 

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  Bajo por el primer callejón alumbrado en dirección a la calle Sucre. Como una película mal grabada avanza la cinta esta noche. Hace mucho tiempo que pensaba asaltar a Roberto Riquelme, encontrarlo en su propia guarida, en su propio recinto. El plan es sencillo: entraré rápido, botaré la puerta de una patada y luego... ya saben.
 Esta noche hace calor de la puta y sólo una camisa jamaicana me cubre (debajo llevo el chaleco anti-balas). Si mal no recuerdo, hace un par de días, había pensado en invitar a Paulo Moretti, pero deseché rápidamente esa posibilidad por dos razones: una, no quería compartir el botín; y dos, Pablo no tiene los suficientes cojones para cargarse a Roberto.
  Antes de llegar aquí, fui al departamento, me duché, me rasuré, me vestí y salí. Además de mis intenciones vandálicas, creo que necesito ajustar cuentas con Julián, el hijo, y de pasada llevarme el dinero y las drogas. Tal vez sólo así podría huir fácilmente con Freakisis. Pues bien, ahora averiguaremos eso. Me dispongo a cruzar la calle en dirección al lugar. Con toda la parafernalia, creo que aumenté un par de kilos.

- Levanta las manos, hijo de puta!!!!- Digo sosteniendo la pistola calibre 45 con firmeza.
Son las primeras palabras que pronuncio, Roberto se levanta de su silla, lentamente, me mira, sonríe, mientras Julián trata de sacar su fierro, disparo un certero tiro en la cabeza.
-Pon toda la puta plata y la droga en esta bolsa o te vuelo los sesos como a tu hijo de mierda!!! Hasta yo me sorprendo. Soy un duro.

   Roberto Riquelme coloca el dinero y la mercancía en la bolsa y salgo calle abajo, corriendo como un atleta, detrás de mí escucho garabatos y algunos disparos.
Creo que he corrido unas diez cuadras, ahora avanzo apurado a mi departamento, necesito concentrarme, contar el dinero y planear una salida.

-¿Te vas a demorar mucho, Emilio? ¿Necesito entrar? - ése es Pablo.
-¡Ándate a la mierda! Respondo secamente.
- Hace más de media hora que llevas ahí sentado, ¿Qué pasa? ¿Vas a salir?
- No puedo, estoy pensando; necesito hacerlo- Digo sin ánimos de reflexionar.
-¡Tu teléfono no para de sonar en la otra habitación!
-¡Apágalo!

  Por suerte el imbécil de Pablo me deja tranquilo un momento, camina hasta la habitación, lo escucho. Ojalá se demore un buen rato en encontrar el maldito celular. En este preciso momento suena otra vez el aparato.

-¡Corta!

Mis sudorosos dedos limpian cuidadosamente un cogollo, una vara. La yerba la desparramo sobre el papel de arroz, lo enciendo. Después de lo que pasó, necesito relajarme. Las manos me tiemblan, la camisa bota litros de sudor y la pistola se encuentra en el lavamanos. Aún no comprendo de dónde saqué los cojones para dispararle a Julián Riquelme, el hijo de mi contacto en Quito, Ecuador. Las explicaciones baratas no sirven.

- Emilio, ¿qué hago? En un momento llegará Freakisis, ¿y qué le digo?
- No le digas nada. Sólo preocúpate que recoja el dinero y se largue.
- Vamos, Emilio, tienes que salir. ¿Quieres un trago? Tal vez eso te calme...
- No, ahora, necesito que cierres el pico y me dejes tomar una decisión, necesitamos un plan. Uno bueno... muy bueno.

    Las posibilidades que barajo son pocas: esconderme en este retrete, escapar en auto a la casa de la selva o mejor aún apretar el gatillo y listo. ¿Qué probabilidad tengo de salir ileso? Muy pocas, yo diría casi nulas. Sólo un milagro me salvaría. Tal vez saltar por la ventana y fingir un suicidio sería una excusa barata para librarme de unos cuántos problemitas. Creo que si escapo, muy poco se demorarían en hallarme en algún hotelucho de medio pelo.
Todo había marchado perfecto desde que volví de Asunción y el negocio andaba mejor que nunca, pero yo, el muy idiota, me tenía que fijar en la lujuriosa Freakisis, la mujer de Julián. Ahora que lo pienso fue ella la que me metió en la cabeza que teníamos que irnos, escapar. Creo que, en cierto modo, comprendería si alguien abre esta puerta y me da justo en la cabeza, lo entendería. Sería justo. Sin embargo me rehuso a entregarme a este final mediocre y quejumbroso. Esperaba morir en Las Bahamas, con sandalias de paja y piñas coladas, quizá enterrado en algún pequeño cementerio con bastantes flores. Pero no, a cambio, mi ridículo destino se tradujo a esto: una verdadera mierda.

Emilio Way

Si podríamos decir que sí Emilio... de vez en cuando me gusta ese papel lujurioso!

Besos Interestelares!

Freakisis

Estrambóticas Damas

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